
No sé si alguien leerá esta entrada. Francamente, no me importa. He aquí el cambio más importante que va a haber en mi escritura. Tal vez, también, el cambio más espiritual.
Se acabó escribir para vosotros.

No sé si alguien leerá esta entrada. Francamente, no me importa. He aquí el cambio más importante que va a haber en mi escritura. Tal vez, también, el cambio más espiritual.
Se acabó escribir para vosotros.

(Un intento de promover el abandono de las redes sociales… desde una red social).
CÓMO ESCAPO
* Elimino una cuenta de Instagram que era mi cuenta personal. Dejo activa la cuenta jawselektor, pero solo para contenido que tenga que ver con cultura, arte, música, pinchadas. La chequearé muy, muy poco: el objetivo es vivir lo más alejado posible de las RRSS.

Hace demasiado tiempo que no actualizo este blog. Esto va a cambiar, y por muchas razones. La principal es esta: abandono las redes sociales.
Vale, de acuerdo, este blog es, en sí, una red social, de modo que, stricto sensu, lo que he dicho es una contradicción. Pero vamos, ya me habéis entendido.
La respuesta alcanzó a mi colega, llamémoslo Héctor, como una patada en la espinilla con calzado de protección industrial. Héctor tiene tres o cuatro años menos que yo. Es un orgulloso miembro de la Generación X. De boomer, nada. Es más: si alguien se ha pasado la vida criticando a la generación baby boomer es justamente él.
No se puede resumir la vida, siquiera la vida musical de uno, en solo cinco o diez canciones. Todos tenemos un pequeño rincón en nuestra cabeza en el que un centenar de piezas musicales, quizás incluso más, nos remiten a épocas felices y épocas desgraciadas de nuestra existencia. Canciones que nos marcaron y que aún hoy en día poseen una enorme carga emotiva que hace que no podamos escucharlas sin revivir aquellas experiencias. Pero hoy el post no va de eso.
Mirad bien la foto con la que abro este post: soy yo con 16 años y un tupé. Miradla porque aparte del inevitable ataque de acné y de los tejanos sobaqueros, es la imagen de un error. Un error afortunado, he de confesar.
Porque el tiempo pasa y a veces no nos damos cuenta de que nos pasa, y nos dejamos ganar por inercias, y nos olvidamos de escribir, he decidido dar cuenta de varias cosillas que tengo en mente. Este no es un post como los de siempre, pero al menos es un post.
Soy un hombre, blanco, heterosexual. He nacido inmerso en privilegios. Así las cosas, a la hora de hablar de machismo en el surf, sería muy fácil caer en el mansplaining, algo que detestaría. Prefiero que hablen ellas. Aquí cinco surfistas nos hablan de sus experiencias con el sexismo en el mundo del surf, en el agua y fuera de ella. Por razones de espacio, he excluido a mucha gente: sería fácil publicar un post como este con el skate, con el snowboard o con virtualmente cualquier deporte. También me he ceñido a surfistas del Mediterráneo, que es el ámbito en el que se mueve este blog cuando no se dedica ni a mitificar los 70 ni a poner a parir la WSL. Dicho esto, lo importante viene a continuación.
Yo ya me estaba desesperando. Veréis, la semana pasada no hubo post porque hubo olas. Vale, sí. Pero también porque no tenía ideas. Tengo un post a medio fabricar acerca de mitos y realidades de las singlefin, pero cuando me iba a poner en harina, el amigo Alec me hizo probar su Wombat y decidí que tenía que incluir eso también en el post, y para eso necesito darle caña un par de veces más en condiciones. Tengo otro post a medio escribir, acerca del valor del juego como derecho humano universal, pero nunca encuentro el momento de ponerme a releer a Graeber para articularlo bien. Soy un vago. Pero entonces llegó el 8-M y se me encendió la bombilla: hay que ser muy gilipollas para no hablar de esto, ahora. Y mañana. Y pasado.
Se llama Juanjo. Eso que quede por delante. Se llama Juanjo, no es un número de la Seguridad Social, no es una estadística. Se llama Juanjo y me lo encuentro al atardecer mientras paseo a Nano.