MAHARISHI

El corazón tiene razones que la razón no entiende. Así de simple. Solo así se explica mi obsesión por este tipo, escurridizo y rebelde por naturaleza. Porque, dicta la razón, mi pasión por el surfing setentero debería verse colmada por la gracilidad de pantera de Larry Bertlemann; por la velocidad y elegancia de Terry Fitzgerald, por el nervio y la garra de Shaun Tomson. Pero no. El corazón va más a la izquierda y busca siempre el filo, lo radical, lo excéntrico. Y allí se encuentra con el Maharishi.

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Psicodelia, surfing y singlefins: ‘Scuse me while I kiss the sky

Porque nació siendo un privilegiado y decidió que eso no iba con él; porque creció en la despreocupada burbuja del surfing californiano de los 60 y le dio la espalda; porque lo tenía todo para ser un ídolo de masas pero prefirió el anarquismo y el ácido lisérgico; porque cuando todos buscaban un gurú él se ofrecía como el Maharishi. Por todo eso y por mucho más, Mike Hynson me ha fascinado desde que comencé a saber de qué iba esto de cabalgar olas.

Mike Hynson es la leyenda que no quiso ser. Dejadme que me explique: nació el 28 de junio en California, en una familia de clase media y conservadora (padre militar), y vivió su juventud a caballo entre San Diego y Hawai. A finales de los 50 ya era conocido por dos cosas: su estilo surfeando (eran los años del tabloneo) y su estilo vistiendo. Mike era un dandy. Pero esto solo era fachada. Porque Mike las había pasado putas. Mike había estado a punto de morir un par de veces: accidentes que le dejaron secuelas en el habla. Mike había descubierto el surf en San Diego y se había obsesionado hasta el punto de robar tablas para surfear.

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Mike, durante el verano de la inocencia

Así lo descubrió Hobie Alter, quien, en lugar de llamar a la pasma, le ofreció trabajo como shaper. Mike Hynson triunfó antes como shaper que como surfista: nunca fue un fuera de serie en el agua, pero en el taller la cosa cambiaba. Pronto se convirtió en uno de los artesanos más innovadores del momento. Además tenía ese regalo que da la Naturaleza a alguna gente, así, porque sí, sin más: carisma. Y ese carisma atrajo a un señor que hacía películas, llamado Woody Brown. Y le ofreció hacer una película, una cosita que se acabó llamando Endless Summer.

La historia es esta: Mike aceptó porque quería evitar a toda costa el sorteo para ir a Vietnam. Y a lo largo de todo el viaje no dejó de meterse anfetas, fumar hierba, beberse hasta el agua de los floreros y follarse cuanta mujer se le pusiera a tiro. Que eran muchas, porque ¿lo he dicho antes? El cabrón tenía carisma y estaba como un quesito Filadelfia por aquella época. Durante el viaje Mike descubrió una ola perfecta en Cabo St. Francis, en Sudáfrica. El resto es historia: la película cambió el concepto que el mundo tenía del surf y, más importante aún, cambió la concepción que el surf tenía del surf, literalmente creando el mito del surfista viajero en busca de ola inexploradas.

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El Maharishi tardó más de 30 años en hacer las paces con su pasado

A Mike todo eso se la sudaba.

Mike era el espíritu de la época encarnado: como los Beatles, había pasado de la ropa de Carnaby Street y los flequillos a las melenas y los riffs psicodélicos. Aquí nace el Hynson que me obsesiona. El Hynson que creó las tablas huecas para transportar marihuana y LSD para la Hermandad del Amor Eterno, una comuna que pronto pasó del anarquismo de salón al narcotráfico a gran escala. El Hynson que se codeó con Tim Leary y Jimi Hendrix, e incluso los incluyó a ambos en una película; el que fundó una tienda de surfing junto a su mejor amigo de la Hermandad, John Gale. El Mike que comenzó a abrazar la fe de la Revolución de la Tabla Corta y que se dio cuenta de que la esencia del nuevo surfing estaba en tener los cantos afilados y un ligero cóncavo en el nose de la tabla, algo que revolucionaría el surfing.

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El Hynson que se reía públicamente de Nixon. El Maharishi.

Los 80 cayeron como una losa sobre Hynson. Las historias de ácidos y loqueros, de paranoia e incorrección política, acaban mal. Mike acabó mal. Como la versión surfista de un Ken Kesey con el que tanto compartía. Mike no se tomó bien la repentina muerte de su socio John Gale. Su empresa se fue al garete y también su matrimonio, y pasó los siguientes 20 años pagando todos y cada uno de sus excesos, colgado de farlopa y meta hasta las trancas, entrando y saliendo del trullo, durmiendo en garajes y parques. Mala cosa.

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Mike, con las marcas del tiempo en la cara. Foto: Laylan Connelly

Y aunque ahora Mike ha vuelto, sano y salvo, del agujero, para reunirse a la plétora de leyendas (muchas de ellas, tan oscuras y desgraciadas como la suya) del surf de aquellos años salvajes, yo prefiero recordarlo con sus melenas y barba rubias, destrozando olas en Windansea, pasándose por el ojo del culo los años dorados de Endless Summer y haciéndose un porrito a la salud del Sistema.

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Mi foto favorita de Hynson. Windansea, La Jolla, 1972. Foto: Jeff Divine

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taodelsurfing

Traductor. Surfista cuando puedo. Loco por el cine, la ciencia ficción, las ballenas, las tablas setenteras, el Rock'n'Roll y el curry (no por ese orden).

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