Un solo patán, tablas múltiples

La historia de cada surfista es también la historia de sus tablas. De su relación con ellas, de lo que le han aportado y de la evolución que ha sufrido con cada una bajo sus pies. Esta es la mía.

1. La Bic del principiante

Comencé a aprender a surfear hace muchos años con una viejísima Bic 7,3 o quizás 7,6. La compré de decimoquinta mano, aproximadamente, en Mataró. Venía cubierta casi por entero de un grip malo y, para peor, puesto como el culo, con las arrugas a lo largo de la tabla, de modo que no servía para un carajo. Me la vendieron así, sin leash, ni funda, y aún suerte que contaba con las tres quillas originales. Me pasé horas, a lo largo de varios días, quitándole aquel grip, limpiando el pringue gris que dejaba, encerándola, aprendiendo a poner y quitar las quillas (no sé ahora, pero por aquella época Bic tenía su sistema propio) y le compré una funda calcetín y un leash decente.

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Dani con mi Bic 7,3, en Sitges. Luego se quedó atrapado entre un muro y un lavabo portátil por hacer el ganso.

Con aquella tabla me puse de pie por primera vez y también con ella corrí la pared por primera vez. Y al cabo de un tiempo me di cuenta de que era enorme y pesada y que si quería progresar necesitaba algo más pequeño. Y ahí fue cuando la cagué.

2. La segunda tabla, el error

Ahí es cuando la cagué, sí… pero con ayuda. Fui a una famosa tienda de la época en Barcelona y le dije al experto de turno lo que había. Le dije que corría la ola, de izquierdas y derechas, pero que no sabía hacer ni un giro. Él debería haberme dicho que aguantara con la Bic un año más. Ahora lo sé. En aquel momento me fié del tipo y me llevé una tabla… absolutamente inútil para el Mediterráneo, excepto, quizás, las dos o tres veces de cada año en que las olas pasan de dos cuerpos de altura.

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Un servidor con gafas de puta y las dos tablas, la Hard Glass (azul) y la Prime de los goterones.

Me jode ahora admitir que la echo de menos. Quizás ahora le sacaría partido. Era una Hard Glass fabricada en Brasil, una 6,8, creo, muy fina, acabada en pintail. Una minigun, en términos técnicos. Para comprarla vendí la Bic a mi amigazo Juan, que la aprovechó, creo, bastante más y mejor que yo. Y la tabla brasileña estuvo a punto de acabar con mi historia surfística. Por suerte conseguí venderla a través de un anuncio en Surfcatalunya en muy poco tiempo y aproveché para instruirme un poco acerca de tablas por internet.

3. La tercera: sí, pero sí
El chico que me vendió la tercera era de Tarragona, y quedamos en Vilanova. Era una Bic 6,7, una evolutiva. Con esa tabla comencé a aprender en serio a girar, a buscar el bolsillo de la ola, en fin, todas esas cosas que debería haber aprendido un poco antes. Era una tabla indestructible y perfecta para mi nivel, e incluso hubiera sido perfecta para comenzar. Lo pillaba todo. Pasé cerca de dos años habituándome a Sitges con ella, en una época en que, en un día bueno, entre semana, quizás éramos 3 o 4 los que entrábamos.

tablashistbic67Con la Bic 6,7 en una de las manis contra los espigones de Barcelona. Foto: Joan MD, Funkysurfing

4. Amor a primera vista

Mi amigo Dani llevaba dándome la turra con que lo llevara a aprender desde hacía bastante, pero no acababa de dar el paso de pillarse una tabla. Un día, andando por Barcelona, pasé por delante de un outlet de ropa y material de surf y snow. Vi aquella tabla colgada del techo, aún empaquetada en el plástico protector: una 6,6 thruster con un bonito gráfico de goterones de agua y una forma alucinante, con una cola de golondrina estrecha y la punta anchita para la época. Llamé inmediatamente a Dani y le pregunté:

– ¿Todavía quieres comprarme la tabla?
– Claro.
– ¿Seguro? ¿Tienes la pasta?
– La consigo esta semana.

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La Prime 6,6 en el garaje de Girona

Entré y me la llevé puesta. Con esa tabla surfeé más tiempo que con ninguna otra hasta ahora. Nunca me decepcionó. Era noble, se comportaba exactamente como creías que se iba a comportar. Y, como casi todas mis tablas, era infinitamente superior al tipo que la llevaba.

5. Mi primera tabla de shaper

Aquella tabla de goterones y la brasileña llegaron a coexistir en mi quiver algún tiempo. Pero cuando me vendí la minigun, y ya sin la Bic, estaba con una sola tabla para todo tipo de olas y, lo que es peor: en una época en que yo entraba cada vez que el mar se arrugaba, comenzaba a haber reparaciones cada vez más frecuentes. Una vez estaba bebiendo una cerveza con Dani y nuestro amigo Rubén y salió el tema, y Rubén me dijo:

– Yo tengo una Christopher Hunt que no uso, creo que 6,7. Si le reparas el boquete que tiene te la quedas.

Y me la pasó. Era una maravilla, como una versión con más culo y volumen de la mía. Estaba desgarrada por una de las quillas, de modo que el shaper tuvo que reconstruir parte del canto final y añadirle el tapón. Luego le compré un juego nuevo de quillas, y aproveché para regalarme uno bueno, de fibra.

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Chusteando con la Chris Hunt. Foto: Joana Camarillas

La llevé al agua un día mediano (Mediterráneo: para los que surfeáis en océano, un día pequeño). Madre mía, cómo remaba. Madre mía, cómo surfeaba. Era como si la tabla mejorase mi nivel. Comencé a atreverme a hacer muchos más giros, a buscar partes de la ola que antes ni se me pasaban por la cabeza.

6. I need a midsize

Mi siguiente tabla fue una tamaño medio porque me di cuenta de que a) me faltaba calidad para no necesitar volumen, y b) me faltaba volumen al no estar en océano. Es decir, las tablas cortas me servían mal la mayoría de veces.

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En primer plano, la Manual, 6,10. En segundo plano, alguna peli de surf.

El resultado fue una Manual evolutiva 6,10, regalo de la familia política, con la que comencé a aprovechar las olas fofas y muchas veces con poca fuerza del Mediterráneo. Una tabla con la que noté otro tirón hacia adelante en mi progresión y, sobre todo, con la que me di cuenta de que surfeo naturalmente adelantado, algo que no cuadra bien con las shorts modernas. Eso fue muy importante por razones que pronto explicaré.

7. Epoxy for a fat man

Un día me mudé a la Costa Brava y me di cuenta de que no tenía una all-around board. Algo que poder llevar estuviese como estuviese el mar. Que flotase pero se pudiera cucharear bajo una ola; que respondiese bien ante el tamaño pero girase lo suficiente. Además, en aquella época yo estaba gordo. Trofollo. Ternasco. Cascudo.

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Así de fanegas estaba yo por aquella época. Surfeando la Seafor en Sitges, creo. Foto: Yolanda Fullà

Y encontré un anuncio de un chico de Barna que se vendía una big guy por un precio ridículo. Era una tabla china fabricada para Forum Sport (el Decathlon del Norte antes de que Decathlon desembarcase) que había comprado para una novia que no había llegado a aficionarse. Vivían en un ático pequeñísimo y no le sobraba espacio. Le faltaba una quilla, la central, y hacerla iba a ser una aventura, porque tenía su propio sistema.

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La cera estaba sucia; la tabla surfeaba bien.

Con esa tabla china me pegué sesiones memorables. Aguantaba muy bien olas de buen tamaño, y como yo estaba, no sé si lo he dicho, recebado, chotillo, reluciente, no me afectaba mucho el famoso exceso de flotabilidad del EPS.

8. Amor a primera izquierda

Tengo muy poca afición a ver vídeos de surf. No me acaba de gustar mucho el surf actual, demasiado radical. Eso ya me pasaba hace unos años. Pero tenía un par de DVDs grabados con películas de los 70 que me volvían loco: SuperSessions, con Larry Bertlemann; Morning of the Earth, con Terry Fitzgerald y MP; Five Summer Stories, con David Nuuhiwa y Gerry Lopez… Mi otra afición relacionada con el surf es lo que llamo Boardporn: básicamente, me puedo estar horas mirando fotos de tablas de surf. Un día, ambos vicios se encontraron.

Estaba viendo las tablas a la venta en una tienda (ni siquiera miré dónde quedaba) y vi esta foto:

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Y supe que debía ser mía.

La tienda resultó ser Praia Surf, en Valencia. Les escribí emails. Hablamos por teléfono. No hubo manera de concertar un modo de envío Barcelona-Valencia que fuera barato y seguro. Para que veáis cómo han cambiado las cosas.

Así que, aprovechando que teníamos una noche gratis en un parador nacional (regalo de unos amigos) mi ahora ex-mujer y yo nos fuimos hasta Valencia. Aprovechamos para conocer los alrededores y luego, pacientemente, la gente de Praia nos guió hasta su tienda por móvil (no… tampoco había Google Maps entonces).

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Acabando una ola en la Costa Brava con Cheesecake. Foto: Celeste Corral

No voy a extenderme mucho en lo bien que me trató la gente de Praia: ojalá todas las surfshops fueran como ellos, así de sencillo. Regresé a casa con una singlefin obra de Luis García, de segunda mano pero que estaba como nueva, y me ardía en las manos. Por suerte, no tardé mucho en probarla: con ¾ de cuerpo y un offshore bastante fuerte. En la Piscina de la Fosca. Una izquierda, bajo el castillo. Y fue amor absoluto: no solo a la tabla, sino al tipo de surfing que me ofrecía. El de los vídeos que me gustaban. El setentero. Sólo que en mi caso, en patata.

9. Guadalupe, Lupe, Lupita

Cuando me encabrono con algo soy obsesivo. Me encabroné con ese surf. Era mi camino. Y las thrusters no me servían. Las vendí todas. En muy poco tiempo, he de decir: soy un tipo que cuida muy bien sus tablas (y en general todo el equipo) y tuvieron muy buena salida.

Durante los siguientes 3 años y pico surfeé en exclusiva con la singlefin (la bauticé como Cheesecake, que es mi postre favorito: así de enamorado estaba). Pero la pobre, como tabla única, se estaba llevando una mala vida terrible: entre mares y océanos hubo toques, choques, tirones… Problemas con una quilla que se llevó un trozo de foam. Necesitaba una tabla de diario. Me decidí por mi fantasía erótica número dos: una stinger.

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El legendario diseño original de Ben Aipa

La stinger hacía tiempo que me llamaba: desde que vi lo que Buttons Kaluhiokalani y Larry Bertlemann eran capaces de hacer con ella. No es que creyese que yo iba a poder (son leyendas por algo, joder) pero al menos quería probar lo sueltas y nerviosas que eran, según todo el mundo.

El problema es que era una tabla complicada. Fui hablando con varios shapers hasta que Juan, de Hav Surfboards, me dijo:

– Tío, es exactamente el tipo de desafío que quiero hacer. Encárgamela, ya verás cómo nos divertimos.

¿Cómo iba a negarme? El resultado es este, y habla por sí solo:

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Es mi tabla de diario. Tiene un volumen perfecto, un rocker muy bajo, planea como los dioses, gira como el Diablo y lleva bajo la fibra una acuarela original de Amanda León con mi gatita Lilith (muerta unos meses antes) y a Guadalupe, la virgen de los revolucionarios mexicanos.

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Con Lupita en Euskadi. Foto: Amanda León

Con ella he surfeado mar y océano, he mejorado bastante más de lo que creía poder evolucionar y ahora, de vez en cuando, incluso creo que no soy tan patata.

No os preocupéis, se me suele pasar pronto.

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taodelsurfing

Traductor. Surfista cuando puedo. Loco por el cine, la ciencia ficción, las ballenas, las tablas setenteras, el Rock'n'Roll y el curry (no por ese orden).

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