CRÍTICA: BARBARIAN DAYS, de BILL FINNEGAN

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La primera vez que supe de Bill Finnegan fue durante una lectura compulsiva de The New Yorker. El algoritmo de sugerencias de la publicación, viendo mi historial, me recomendaba unos artículos acerca del surf en San Francisco.

Abrí el primero y comencé a leer sin muchas esperanzas. Me quedé enganchado. Lo leí de un tirón y proseguí con todos sus demás artículos, hasta que me aseguré de que no había nada más. En mi vida había leído algo tan bien escrito acerca de surf, de los surfistas, del mar, de qué significa en lo más profundo de uno y, además, escrito de un modo apto incluso para no surfistas.

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No mucho después supe que el autor, Bill Finnegan, acababa de ganar el premio Pulitzer por Barbarian Days: A Surfing Life. Descolgué el teléfono (es un decir, pero ¡qué bonito queda!) y llamé de inmediato a mi editora.

– Tienes que conseguir los derechos de este libro. Y tienes que pasarme la traducción. Es alucinante.

Lamentablemente, un par de días más tarde me llamaba para decirme que Asteroide se había hecho con los derechos en español, así que mi gozo en un pozo. Me puse a buscar el original por Amazon y ya casi estaba por comprarlo cuando un amigo que trabaja en el aeropuerto me envió un whatsapp con la foto de una edición inglesa del libro. «Me da que te interesará», decía. Alguien lo había dejado en el avión al acabarlo. Así cayó en mis manos. Hablemos de serendipia.

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El joven Bill Finnegan, años 60

Lo primero y más importante a la hora de criticar Barbarian Days es crear el marco cronológico en el que se desarrolla, pues el libro no es sino unas memorias del autor, desde su infancia tardía (cuando se traslada con su familia a Hawái) hasta finales de los 90. Es importante porque nos permite comprobar que Finnegan vivió algunos de los momentos más importantes de la historia del surfing en primera persona, en tiempo real: los años dorados de Waimea Bay, la revolución de la tabla corta, el triunfo del thruster, el descubrimiento de Bali y Fidji… El libro está narrado en orden cronológico.

Lo que diferencia a Finnegan de la casi totalidad de escritores de surfing es que, antes que surfista, es escritor. Finnegan ha sido periodista toda su vida y ha cubierto noticias y situaciones impresionantes como el régimen del apartheid sudafricano, entre otros. Su calidad como escritor queda patente por un fantástico uso del lenguaje, que le permite incluso adentrarse sin demasiados problemas en el pidgin hawaiano. Sus descripciones de lugares y épocas son tan vívidas que uno parece encontrarse allí; las de las olas, rayan la poesía.

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La edad de la inocencia: El Gran Miércoles, de Milius

Pero justamente esta vocación de periodista hace que no mitifique olas ni épocas, que no caiga en tópicos ni en simplificaciones. Trata al lector con respeto y explica de modo magistral, para quienes no surfean, determinados aspectos tanto técnicos como de la psique del surfista. Tampoco se muestra complaciente consigo mismo, y llega a preguntarse hasta qué punto sus fracasos sentimentales están relacionados con el surfing o con cierto modo egoísta y egocéntrico de ver la vida, íntimamente relacionado, en cualquier caso, con la búsqueda de olas.

Aunque no he leído la traducción al castellano, sé que la parte surfística del tema está corregida por una eminencia, Willy Uribe, escritor y mítico fotógrafo del surf vasco, de modo que no debería haber problemas a la hora de leer acerca de sucky waves, fast lefties o dry spells.

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Finnegan en Fidji, años 70

Este libro es una joya. Posiblemente lo mejor que se haya escrito acerca del surf. Pese a su extensión (447 páginas en la edición inglesa) se hace corto. Es el equivalente en papel y tinta a El gran miércoles, de Milius, en celuloide. Eso son palabras mayores. Hay que leerlo, si realmente nos apasiona el surf, si más no porque nos encontraremos con nosotros mismos cada pocos párrafos.

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taodelsurfing

Traductor. Surfista cuando puedo. Loco por el cine, la ciencia ficción, las ballenas, las tablas setenteras, el Rock'n'Roll y el curry (no por ese orden).

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