Cosas que he aprendido pasados los 50 años

Somos frágiles

Siempre hemos sido frágiles. La fortaleza (mental, física, espiritual) solo es ilusoria. Nuestra existencia misma es casual y precaria, sujeta al azar, al capricho de fuerzas más poderosas. Nuestro cuerpo, no importa cuánto lo trabajemos, está expuesto a la enfermedad, a la herida y al final a la muerte. La supuesta normalidad no es sino el conjunto fragmentario de momentos entre todas estas eventualidades.

Somos débiles

La debilidad es principalmente una cuestión de carácter. El ser humano ha perdido su firmeza conforme ha ido acumulando comodidades, cosas, máquinas. Tener nos ha vuelto perezosos, glotones, confiados. Somos el proverbial cerdo adormilado y no el tigre vigilante. Esto lo saben quienes nos gobiernan: es más, no podrían gobernarnos de no ser así.

Somos vulnerables

Pero esta vulnerabilidad de la que hablo no el resultado de ambos factores anteriores, sino el reconocimiento explícito de que no podemos. Solos no podemos. Necesitamos la otredad, el contraste, el enriquecimiento. Toda sociedad aislada se atrasa y acaba muriendo o desapareciendo.

Hay que cultivar la disciplina interna.

Es lo que dará estructura a la vida, lo que hará que podamos aprovechar mejor cada momento. Hay que huir, pues, de la comodidad; hay que aceptar el dolor temporal como una fuente más de conocimiento. Hay que recuperar la fuerza de voluntad, perdida entre simulaciones y pantallas.

Hay que cultivar la compasión.

De todas las ópticas que podemos interponer entre nosotros y el resto de la realidad, la compasión será siempre la que mejores resultados dará. Vivir con miedo, con odio o con resentimiento no es vivir bien.

Hay que mirarse en los otros animales.

La iluminación está en los gatos, en los perros, en las gaviotas pescando en el mar un día de olas. En los animales está la llave al satori.

Hay que mirarse en las plantas y árboles.

En las plantas y árboles está la clave de la resiliencia, de la paciencia, de la generosidad. En plantas y árboles está el samadhi.

Hay que abrir la puerta a la muerte.

No podemos seguir ignorando una parte tan importante de la vida. Moriremos. Aquellos a quienes amamos morirán. Aquellos a quienes odiamos morirán. Todo niño pequeño, todo pájaro, todo pececillo, toda brizna de hierba se marchitará y perecerá. Admitir esa certeza en nuestra vida cotidiana es liberador. En la muerte hay satori; hay samadhi, hay nirvana.

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taodelsurfing

Traductor. Escritor. Surfista cuando puedo. Loco por la literatura, el cine y el jazz.

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